La inseminación artificial.
En este marco, la selección genética tradicional a base de cruzamientos entre distintas razas de una misma especie ha sido transformada enormemente en los últimos decenios por las técnicas de inseminación artificial, que hacen innecesario el apareamiento sexual y consisten en la eyaculación artificial del esperma de un semental y su posterior pipeteado en hembras con capacidad gestante. Un buen semental, escogido en función de sus cualidades, puede proporcionar hasta 40.000 cargas de semen por año; y como el esperma se congela y puede trasladarse incluso internacionalmente, cualquier campesino tiene hoy la oportunidad de «mejorar» genéticamente su ganado por muy aislado que se halle. En algunos países de la Comunidad Económica Europea, existen no más de 5.000 sementales de vacuno, frente a unos cinco millones de vacas.
Los criterios selectivos que intervienen en la inseminación artificial se basan prioritariamente en el aumento de la productividad, esencialmente del aspecto cuantitativo de la misma, descuidándose el cualitativo. La inseminación artificial ha hecho posible la existencia de razas de porcino con demesuradas patas traseras, apropiadas para convertirse en onerosos jamones; o de las llamadas terneras belgas, de enormes lomos y pecheros que en las carnicerías son verdaderos generadores de filetes, aunque debido a su gran peso nacen con cesárea; o de los pavos de pecho de bronce norteamericanos, híbridos todo pechuga e incapaces de reproducirse por sí mismos.

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